raíces, caos y aullidos

La vida va de aprender a echar raíces hacia dentro, en lo profundo del cuerpo. Y una vez echadas, nutrirse. Cultivar la sensación de apoyo interno, de que pase lo que pase fuera, podemos sostenernos. Enraizarse es de las prácticas conscientes más básicas y esenciales para poder sobrellevar lo real que nos sucede y surfear así el malestar intrínseco a la vida.

Cuando no ha habido una contención suficiente, por parte de las figuras que han actuado como función materna y paterna, podemos percibir la falta de un espacio interno donde sentirnos sostenidxs. Cuando las circunstancias de la vida nos ponen frente a desafíos que hacen tambalear nuestra estructura y capacidad de quedarnos de pie, podemos percibir también esa falta de sostén. Más, si no la tuvimos en las primeras etapas de la infancia.

Desde la mirada al cuerpo podemos enraizarnos. Desde el aprendizaje de una respiración suficientemente profunda como para estar en contacto con las sensaciones y emociones y poder ponerles nombre.

Respirar; esa ancla que, al investirla con nuestra atención, se convierte en eje donde poder agarrarse para no caer.

 El caos cotidiano nos atraviesa, seamos conscientes de ello o no. Forma parte de la existencia. Hay caos internos de los que sí nos damos cuenta, que necesitan un lugar donde alojarse. De lo contrario, la angustia puede devorarnos. Cada unx se sabe su caos. Los caos van de la mano de lo frustrante. De lo que genera impotencia y dolor. La exuberancia de la emocionalidad o lo inefable del barullo mental, a veces, caotizan, producen desasosiego, dificultad de lidiar con lo que trae la vida tal como es. En esos momentos se hace necesaria una consciencia de respiración concreta y la capacidad de sentir el sostén interno como anclaje que enraiza. Si lo conseguimos, nos sentiremos a salvo. Y aprenderlo es posible.

Pero en la vida no todo es caos. Cuando las raíces están bien echadas hacia dentro y se nutren de la propia fuerza y presencia, hay también calma. Este es el meollo: enraizarse en lo que permite sentir fuerza y presente. Clavarse ahí.

Desde ese contacto corporal, más enraizado, es fácil percibir otra realidad, lo que para mi es metáfora de “un lobo”, que lejos de generar caos interno, ordena posibilidades mientras produce burbujeo efervescente. Eso que nos inspira y nos alivia. Conocer los lobos en la vida de unx es otra de las tareas esenciales. El lobo es ese algo, tal vez alguien, que por el mero hecho de existir afianza las raíces que hemos echado dentro. Nos mueve lo suficiente como para sentir que es ahí. Porque nos mantiene conectadxs con el cuerpo. Nos permite redirigir nuestra libido, la energía vital, hacia allí. El arte plástico, la danza, el estudio, una persona. Eso a partir de lo cual sublimamos el malestar y lo convertimos en fuegos artificiales.

Siempre puede haber un lobo, feroz, manso y ambas a la vez, que nos haga tambalear del gusto.  Gusto de poder redirigir nuestra atención hacia un lugar que revitaliza, que mantiene despiertx y motivadx. Si logramos encontrar a nuestro lobo, ese que se queda quieto ahí delante, con la mirada disponible, afable, desde la distancia, conviene devolverle nuestra mirada. Sentarse frente a él o a su lado.

 

Hacerlo es ayudarnos a vivir mejor. Es nutrir lo que nos permite tocar tierra y vivir más tranquilamente, con más raíces enraizadas y menos caos que revuelve.

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