Cuerpo.

La intervención corporal, en términos de favorecer un determinado movimiento energético, no es cualquier cosa. Si bien esto puede generar abreacciones emocionales liberadoras y revitalizantes, me parece imprescindible y básico tener presente que no a todas las personas eso les puede resultar útil y terapéutico.

Tengo una doble sensación cuando veo determinadas prácticas que se van anunciando en redes sociales. Por un lado pienso: bien por querer generar cambio, abrir consciencias, favorecer lo corporal. Me gusta que existan diversidad de propuestas. Y por el otro, entro en conflicto porque me llegan y escucho personas que explican que eso se ofrece de manera generalizada, sin tener presente ciertos aspectos que me parecen básicos, como antecedentes psicopatológicos o historia de vida (por resumirlo rápido).

Hay casos en los que precisamente ese tipo de intervenciones son el resorte que hace saltar de la “cordura a la locura”. ESA DE LA QUE HABLABA EN EL POST ANTERIOR.

Hay ciertas estructuras internas que lo que menos necesitan es un movimiento de ese tipo, más bien todo lo contrario: contención. Y ofrecer determinadas prácticas -como quien vende naranjas- me parece peligroso, porque abre las puertas a que para alguien eso sea causa de una desestabilización mental y emocional grande o directamente un brote psicótico.

En el mejor de los casos, tal vez a alguien esa “desestabilización” sea lo que la lleve a trascender a algo mejor para ella. Confiar en que puede pasar esto, me relaja.

Lo real es que no dejaran de existir estas situaciones. Me consuela que, al menos, hay una red de personas que nos dedicamos a recibir, recoger y acompañar a quienes hayan podido sufrir las consecuencias de una desatención de este tipo. Y ahí seguiremos.


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Sobre intrusismo, mala praxis y buen hacer.