Sobre intrusismo, mala praxis y buen hacer.
Sigo recibiendo personas en terapia que explican haber pasado anteriormente por procesos con “profesionales” que dicen ser psicólogos y resulta que no lo son.
Sigo escuchando y viendo efectos de una clara mala praxis e intervenciones que exceden el campo de competencias de quien las hace.
Estudiar una licenciatura de Psicología implica -como mínimo- 4 o 5 años, dedicación, esfuerzo, y mucho más -refiriéndonos a lo puramente académico-. Pero eso no da las herramientas suficientes para saber sobre la clínica de un caso.
Todo eso aporta una base, una orientación concreta, un mapa particular y un conocimiento acerca de lo científico dentro de la Psicología. Y si además unx se especializa en clínica, porque lo que quiere es acompañar a personas en su malestar, implica “años de trincheras”, de leer, ver, escuchar y apre(he)nder, de sesiones clínicas, de supervisión de casos, de trabajo en equipo, y de psicoterapia o análisis propio (!!) -esencial e imprescindible para poder ESCUCHAR(nos) y VER(nos) y sobretodo para no atribuir a la persona que acude a nuestra consulta asuntos o cuestiones que no son suyas.
Todo lo anterior, permite un cierto saber, concreto, acerca de la intervención clínica en psicoterapia. Independientemente del enfoque desde donde se trabaje, lo cual implicará particularidades a la hora de abordar el caso.
Es grave que alguien se atribuya una licencia que no posee. Ejercemos una influencia importante en la persona que viene a consulta y es responsabilidad nuestra conocer los límites de la intervención y aplicarlos cuando proceda, así como buscar el apoyo y asesoramiento psiquiátrico -o el que fuere- cuando la orientación del caso lo requiera.
Por suerte, tengo el placer de conocer, compartir y seguir aprendiendo con profesionales de la terapia “psi” que, sin ser psicólogos o médicos, tienen la actitud, atención, intención, intuición, conocimientos (y muchxs de ellxs años de experiencia) que les hacen ser referentes para muchas personas -me incluyo-, que son sabixs y maestrxs en su manera e intervención y saben muy bien hasta dónde, qué y cómo.
Más allá de esto, es obvio que “ser” psicólogo no es garantía de nada. Es decir, por el hecho de tener un título no soy mejor profesional. Hay quien, teniendo el título pertinente, ni se cuestiona, ni se hace preguntas, y sus sombras, neuras o cegueras son más grandes que ellas y entorpecen profundamente esa labor minuciosa y artesanal -según mi visión, claro- propia de quien acompaña la salud mental y emocional de otras personas.
Qué bien que exista la posibilidad, a través de enfoques humanistas, como la Terapia Gestalt, la Terapia Corporal Integrativa o el programa SAT, de formarse y nutrirse de saberes experienciales, que aportan práctica absoluta, actitud y vivencia. Eso es lo que a mí “me salvó”. Me salvó de creerme salvadora. Me permitió saber cómo colocarme frente a quien viniera a pedirme ayuda con su malestar. Me salvó del riesgo de esconderme bajo una máscara fría. Me aportó eso tan básico y esencial, que es la humanidad, el saber hacer desde “lo amoroso”. Teniendo claro cuán importante es estar bien colocada en mi lugar, como profesional, es decir, conocer bien los límites, cómo y hasta dónde quiero y sobretodo puedo hacerme responsable de lo que señalo, propongo o lanzo al paciente.