Locura.
Para hablar de locura, primero hay que definirla. Poder decir de qué hablo cuando hablo de”locura”. Porque no es lo mismo la locura vista desde el conductismo, el psicoanálisis o la Gestalt, por poner tres ejemplos.
Desde la Terapia Gestalt, habitualmente hablamos de locura como sinónimo de carácter, de personalidad, de ego; de esos patrones aprendidos cuyos efectos nos “salvaron” de un cierto dolor cuando fuimos niñxs. Locura como piñón fijo, la máscara. La que nos impide cerrar asuntos pendientes y nos conduce inconscientemente a perpetuar o repetir actitudes y situaciones.
Mi experiencia profesional, a través del trabajo en equipo entre psicólogxs y psiquiatras, me ha llevado a conocer una visión psicoanalítica de la locura -imprescindible para mí a día de hoy- donde es crucial saber acerca de las estructuras clínicas. La estructura interna de una persona. El psicoanálisis resulta muy orientador desde ahí, aunque la humildad es necesaria ante semejante grosor y complejidad teórica.
Y en mi práctica profesional cotidiana, todo suma. Y así como, de un lado, con el quehacer gestáltico puedo acompañar en eso de: “la locura lo cura”, del otro, la prudencia y el silencio me acompañan desde la certeza de que es esencial ver “el caso por caso”. Y lo que para una persona puede ser absolutamente catártico y sanador, para otra puede ser el estímulo necesario para saltar de lo que la mantiene cuerda al abismo de la angustia y por consiguiente a la locura, esa otra que tiene más de peligro que de salvación.