Sobre el dolor.

Escribir sobre el dolor es forzosamente pararme a sentirlo.

Hace ya unos años, en un trabajo de psicoterapia, tuve la sensación clara de que amor y dolor van de la mano. Entendí -y sentí, después de años de trabajo personal- que si no me abría a vivir el dolor, tampoco podía sentir ni entrar en mí el amor. 

Habitualmente, desde que somos niñxs, nadie nos enseña a lidiar con el dolor; hay la tendencia a frustrar el llanto y en la mayoría de los casos es por incapacidad del adulto de sostener su propio dolor, de permitirse su propio llanto. Porque tampoco se lo enseñaron a esx adultx.

A menudo viene gente a terapia pidiendo no sentir el dolor (el interno, el del corazón) o salir de él. Y es que el dolor nos asusta. Lo evitamos porque nos da miedo. Creemos que si nos abrimos a sentirlo no podremos sostenerlo y con esta creencia nos angustiamos.

Es por eso que cada uno -en función del carácter, de lo que aprendimos desde niñxs- buscamos la vía express para quitarnos el dolor de encima. Dirigimos nuestra atención hacia fuera para distraernos: trabajo, pantallas, hacer compulsivo, comida, adicciones, …¡hay tantas opciones para anestesiarnos de lo que nos duele!. Y desde ahí nunca encontramos el momento para darle espacio, convencidos de que “si no lo pienso/siento, mejor”.

Pero, ciertamente, la vía de la distracción no nos ayuda. Para traspasar el dolor o poder sostenerlo hay que mirarlo y darle un lugar. Aceptar nuestro propio límite y dejar de resistirse. Dejar de luchar. Con nosotrxs mismxs y con el mundo. Dejar de empeñarnos en que las cosas sean de una manera determinada. Bajar la cabeza ante algo más grande que unx mismx. 

Y desde ahí el dolor se afloja, no porque deje de existir sino porque cambia nuestra manera de relacionarnos con él, y lo que antes era una lucha ahora es un abrazo.

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